viernes,
13 de junio de 2008
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“Me preparé para memorizar esto 30
años”
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Juicio a Menéndez: La docente y
documentalista Ana Mohaded reveló la extensión institucional del aparato
represivo.
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Por
Alexis Oliva (*)
“Quedé viva y acá estoy. Siempre estuve rodeada de amor, de los compañeros de
antes y de ahora; de los hijos de los compañeros y de mis hijos. Tratando, como
dice el poeta, de ‘andar viva, con el mismo corazón y el mismo pensamiento’. Y
hermanándome con otros dolores, algunos más permanentes y estables, como la
pobreza del país, allá, en La Perla, y acá, pienso que un país más justo es
posible. Eso que nombrábamos como socialismo, aunque ahora suene anacrónico:
considerar al otro como un ser humano igual y digno. Porque también vengo a
preguntarme por qué relatar tanto dolor, sino es para que se haga justicia por
un país mejor”.
La Querella le había preguntado cómo hizo para seguir viviendo y con esa
respuesta Ana María Mohaded (51), ex prisionera de La Perla y protagonista de
un terrorífico periplo de traslados por el vasto circuito represivo del III
Cuerpo de Ejército, comenzaba a redondear un testimonio -detallista, vívido y
profundo- del contexto de los crímenes que se investigan en esta causa, cometidos
por Luciano Benjamín Menéndez y siete subordinados contra los jóvenes Humberto
Brandalisis, Hilda Flora Palacios, Carlos Enrique Lajas y Raúl Osvaldo Cardozo,
entre noviembre y diciembre de 1977. Licenciada en Comunicación Social y en
Cine en la Universidad Nacional de Córdoba (UNC), Mohaded es hoy docente en la
Escuela de Cine y realizadora de documentales. Muchas veces ha tenido que
contar su propia historia.
Hacia fines de 1976, cuando era militante estudiantil en la Escuela de Arte de
la UNC, fue secuestrada, junto a Norma Berti y Hugo Basso, a las 19 horas del
11 de noviembre, cerca de la plaza Jerónimo del Barco del barrio Alberdi.
Atada, amordazada y metida al baúl de un auto civil, Mohaded logró desatarse,
saltó e intentó huir, pero fue recapturada en avenida Colón al 3500.
“Esta es la de arte que estamos buscando”, oyó al llegar al campo de
concentración de La Perla. Allí fue inmediatamente torturada, des-nuda y atada
a una cama metálica, con corriente eléctrica, mientras la interrogaban sobre
“casas” y “citas”, en medio de “un tumulto de gritos y aullidos” con que sus
victimarios “se excitaban entre sí”. Entre sus captores, Mohaded recordó a Luis
Manzanelli, Carlos Vega (“Vergara”) y Ricardo Lardone (“Fogo”), aunque también
nombró a “HB”, alias que otros testigos han atribuido a Carlos Díaz, también
imputado en este juicio. Varias veces apareció en el relato el nombre de
Lardone, quien negaba con la cabeza y mascullaba palabras ininteligibles.
Además, mencionó a Héctor “Palito” Romero y al capitán Ernesto Barreiro, quien
le mostró al cautivo Eduardo Porta, con graves se-cuelas de tormento. “Así vas
a quedar vos”, la amenazó Barreiro.
“No sigan que se muere”, fue una de las frases que escuchó de un médico que
controlaba las sesiones de tortura a que fue sometida. Luego de un rato, el
supervisor autorizaba: “Ya pueden seguir”.
Luego, cuando la Fiscalía le preguntó por las secuelas, dijo que “las más leves
son en el físico, como las cicatrices, pero las más terribles son en el alma” y
que “encima de la lastimadura estaba esa mirada que no tenía derecho a
mirarte”.
Un día la sacaron del campo hasta un camino de tierra cercano y luego de
someterla a un simulacro de fusilamiento, le dijeron: “No te va a ser tan
fácil”. Luego aclaró que esa era la respuesta a su planteo: “¿Por qué no nos
matan de una vez?”.
En ese sentido, la testigo reveló: “Los que comandaban y otros se referían a
Menéndez como el mandamás. Para él, ninguno tenía que quedar vivo, y si
estábamos vivos era gracias a ellos. Incluso, decían que nos tenían a
escondidas de Menéndez”.
Pero la muerte era omnipresente e implacable. Como con Luis Justiniano Honores,
“un hombre mayor, obrero de la construcción”, que falleció frente a ella a
causa de la tortura: “Ni siquiera le escuché un quejido. Murió con honores”.
También recordó que Manzanelli le confesó dónde se encontraba y que sus
captores integraban el “Comando Libertadores de Amé-rica”, que contaba con el
“apoyo del Ejército” pero era ilegal. “Nadie sabe dónde estás”, le dijo el
entonces suboficial principal.
Sin embargo, a doce días de haber sido capturada, llegó la orden “de arriba” de
que iban a dejarla con vida para ser sometida a un Consejo de Guerra.
Entonces comenzó un frenético derrotero de traslados, que incluyó el campo de
La Rivera (al que consideró “de transición”), La Perla Chica de Malagueño (“No
sé si mejor que La Rivera, pero menos dura que La Perla”), la División de
Informaciones D2 del Cabildo (donde resistió un intento de violación que nunca
contó antes “por pudor”, según narró entre lágrimas), la Unidad Penitenciaria 1
(UP1) de barrio San Martín ("Una extensión de los campos de
concentración") y las cárceles de mujeres del Buen Pastor en Córdoba y
Devoto en Buenos Aires.
“Mohaded, ¡comisión!”, era el anuncio que significaba “cualquier cosa”, previo
a cada viaje que podía ser el último, siempre en camiones del Ejército que
demostraban que esa fuerza mandaba en cada uno de los escenarios de la
represión institucional. Las salidas eran siempre acompañadas de golpizas,
encapuchada y con invitaciones a “correr”, el recurrente pretexto para eliminar
a prisioneros con la llamada “ley de fugas”.
Estando en el Buen Pastor, aislada como "única presa política", por
fin le permitieron escribir cartas a su familia, pero la presencia de sus
captores era implacable. Un día lo reconoció por la voz a un supuesto empleado
del Servicio Penitenciario que entró a su celda.
-Vos sos Luis Manzanelli. No sos del Servicio Penitenciario, sos torturador de
La Perla -le enrostró Mohaded, antes de intentar alertar a una delegación de la
Cruz Roja que justo se encontraba en la cárcel. “Fue la última vez que lo vi,
antes de verlo acá”, añadió.
Mientras tanto, en octubre del 76 era sometida a un primer Consejo de Guerra
-recurso con que Menéndez intentó sin éxito blanquear la represión
clandestina-, acusada junto a Porta de “asociación ilícita subversiva” para el
asesinato del gerente de una fábrica, acción atribuida a la Organización
Comunista Poder Obrero (Ocpo). “Me preguntaron si yo había participado. Por
supuesto que dije que no, si no he participado. La idea era mostrar que descubrían
lo que hacía la subversión y que ‘vos estabas ahí’”, explicó Mohaded. El
defensor que le asignó el Ejército fue claro: “Me puso una pistola en la
cabeza. ‘Para mí, ustedes tienen que estar mirando las margaritas desde abajo’,
me dijo”.
La farsa se repitió en 1978 y 79, para finalmente ser condenada por “asociación
ilícita” a siete años de prisión, que se redujeron a cinco hasta su liberación
en diciembre de 1982. “Me preparé para memorizar esto treinta años, porque
decían que íbamos a estar treinta años en la cárcel”, expresó, aludiendo al
exacto tiempo transcurrido desde entonces.
Como espejo del calvario de idas y vueltas mientras estuvo prisionera, también
como testigo ha tenido que declarar en no menos de cinco ocasiones, ante la
Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (Conadep), en el Juicio a
las Juntas de Comandantes y en la Justicia Federal de Córdoba.
-¿Usted estuvo nada más que doce días en La Perla? -quiso saber el presidente
del Tribunal, Jaime Díaz Gavier.
-¿Nada más? ¿Le parecen pocos doce días? Estuve doce extensos días y doce
extensas noches. Las noches eran duras en La Perla.
-Bueno, pero menos que otros testigos… -se excusó el magistrado. -Toco madera
–ironizó Mohaded.
El lapsus de humor y sana insolencia fue como un soplo de aire fresco para un
auditorio agobiado por el relato y el calor de la sala, que también afloró
cuando la fiscal Graciela López de Filoñuk mencionó sus “once” días en el campo
de concentración. La testigo retrucó: “Por favor, no me quite uno, que fueron
doce…”.
Es que su veteranía como testigo es un elocuente ejemplo de la lentitud y
burocracia de la Justicia democrática para llevar a los represores a sus
estrados: “A estos datos los memoricé una y otra vez y los vuelvo a traer. Y
espero no tener que volver a un Tribunal. Los guardé para que se sepa que ellos
estuvieron allí y yo los vi”. "Es volver a recorrer el túnel de la
muerte", dijo y la metáfora volvió a cambiar el clima de la sala. Por eso,
esta vez, se tomó la libertad de contar otros episodios, que para ella tienen
especial significado.
-Usted estuvo cuando me torturaban.
-Yo no te torturé...
-Pero no paró la tortura.
-Bueno, esto es una guerra y si no los torturamos ustedes no hablan.
Mohaded reprodujo ese
diálogo con Vega, quien pretendía mostrarse más humano y a-mable que el resto.
Ella tenía un pequeño collar, que pudo conservar a pesar de las sesiones de
tormentos y “era como un emblema”, porque se lo había regalado su compañera
Ingrid Sidaravicius. Varias veces, el suboficial se lo pidió. “En mi interior
sentía que eso me protegía y no tenía que dárselo. Cuando llegué a La Rivera me
lo tironearon. Pero yo no se lo di”, rememoró la docente.
También en La Rivera tuvo lugar otra anécdota interesante. Casi siempre
encapuchada, un día reconoció la voz de Horacio Samamé, un ex compañero del
secundario que quería ser policía “para servir al pueblo”. En aquellos años,
Ana le reprochaba: “No vas a ser más mi amigo, porque si entrás a la policía va
a ser difícil…”. Pero esa vez, al oír su voz, se permitió confiar en aquella
promesa de su amigo.
-Horacio, decile a mi familia que estoy bien…
-Yo también estoy preso
-¡¿Por qué?!
-Porque no quise torturar…
Sobre el final de su asombroso relato, Ana Mohaded se permitió algo más: pedir
al Tribunal un minuto de silencio “en homenaje a los hombres, mujeres y niños
que quedaron en La Perla”. El juez Díaz Gavier asintió y al transcurrir el
minuto, un cerrado aplauso la despidió.
(*) www.prensared.com.ar